FREVUELTA
Fernando Revuelta
Atleta UNDER ARMOUR
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El pasado 8 de julio a las 4 de la tarde, un animoso grupo de cuatro corredores comenzó desde los estacionamientos del estadio Maracaná en la Cinta Costera, una exigente y ambiciosa meta: completar corriendo los 260 kilómetros que separan Ciudad de Panamá de La Villa de los Santos.

El team estuvo integrado por cuatro corredores, dos panameños y dos estadounidenses, todos ellos con amplia experiencia en maratones y pruebas de ultradistancia, adicional a un numeroso grupo de apoyo de amigos y familiares. Por la parte local, los atletas fueron Loli Arosemena, organizadora del reto y natural de la Villa, aunque residente desde hace años en Chicago, y el reconocido deportista Ramsés Cano, mientras que por los foráneos estuvieron Shan Riggs y Chuck Schultz, ambos residentes como Arosemena en Chicago.

El reto se diseñó con el ánimo de probar la fortaleza física y mental de los atletas ante esa enorme distancia y en condiciones climáticas extremas, pero sobre todo con el objetivo de contribuir a una labor social, mediante una recolecta de fondos para realizar mejoras en el comedor de la Escuela Nicanor Villaláz de La Villa.

La ruta contemplaba correr por toda la carretera Panamericana desde el Puente de las Américas, e ir transitando sucesivamente por las localidades de Arraiján, La Chorrera, Capira, Chame, San Carlos, Río Hato, Antón, Penonomé, Natá, Aguadulce, y Divisa, para tras un desvío en dirección a la península de Azuero, superar finalmente Parita, Chitré, y culminar el reto en la heroica Villa de los Santos.

La planificación del grupo contemplaba el aprovechar al máximo las horas de la noche del primer día para recorrer la mayor distancia posible, cuando las condiciones climáticas serían más favorables, y las fuerzas físicas estuvieran todavía bastante intactas. Conforme a ese esquema, los atletas correrían lo más cercano posible unos de otros, a fin de darse protección y facilitar las tareas logísticas de apoyo, por lo que casi siempre estuvieron a la vista, o cuanto más separados solo por un par de kilómetros.

VISITA AL HOSPITAL
Cualquier deportista local, sobre todo de disciplinas de fondo, como: atletismo, ciclismo y triatlón, conoce la tremenda dificultad que supone hacer ejercicio de larga duración en Panamá, debido al explosivo coctel que suponen las altas temperaturas junto a la severa humedad del ambiente. Esa sensación térmica acaba por minar las energías del deportista, y a pesar de que se realice una buena reposición de alimentos e hidratación adecuada, en muchas ocasiones el agotamiento no tarda en presentarse. Si lidiar con el calor y la humedad es complicado para los atletas locales, mucho más lo es para los extranjeros que no están habituados, los cuales entrenan y compiten en sus países de origen en condiciones más benévolas.

El estadounidense Schultz se presentaba en teoría como el atleta más fuerte y experimentado de los cuatro del grupo, habiendo completado durante los últimos años numerosas pruebas de ultrafondo y extenuantes desafíos de triatlón. Durante la primera noche y la mañana siguiente se mostró confiado y con energías, cumpliendo al pie de la letra con las rutinas de alimentación y reposición de líquidos planificadas, pero después de unas 18 horas, la exigencia del esfuerzo le comenzó a pasar factura. En las cercanías de Río Hato su cuerpo no dio más y entró deshidratación severa, teniendo que ser evacuado a Aguadulce para hospitalización. El reto se cobraba su primera víctima, y mermaba en algo los ánimos del resto del grupo, pero horas después y tras recibir asistencia médica, Schultz se incorporó de nuevo a la ruta para acompañar a sus amigos en los kilómetros finales.

HABLA RAMSÉS
Otro de los temas que los corredores del grupo debieron tener en cuenta fue la seguridad. La carretera Panamericana es una vía con mucho tráfico la mayoría del tiempo, incluyendo voluminosos camiones, por lo que en todo momento llevaron sobre sus uniformes bandas reflectivas para hacerse ver, y adicional en horas de la noche portaron frontales (head lamps), para facilitar la visión de donde pisaban. Cano comenta que el también llevaba adicional un potente foco en la mano por miedo a tropezar con algo: “cuando todo está tan oscuro uno no suele distinguir más allá de un metro de terreno delante de él. Gracias al foco que llevaba pude esquivar a varias víboras equis que me encontré en medio del hombro de la carretera. La presencia de perros también fue una constante, sobre todo cerca de los núcleos poblados. Para complicar más las cosas, en gran parte de la ruta los arcenes o sencillamente no existen o están en muy malas condiciones, por lo que el tráfico nos pasaba en ocasiones peligrosamente cerca. Por fortuna contábamos con dos vehículos de apoyo y un fabuloso grupo de voluntarios que estaban pendientes en todo momento de nuestras necesidades, adicional a algunas otras personas que se sumaron por tramos para acompañarnos”.

Lo que no pudo evitar Cano fue la maldición que acompaña a muchos de los corredores de ultramaratón, las ampollas en los pies: “después de correr por muchas horas, y a pesar de aplicarnos vaselina y cambiarnos de medias y zapatillas varias veces, los pies se dilatan y la fricción acaba por crearte dolorosas y molestas ampollas. Llegó un momento en que ya no podía ni caminar. Gracias a la Sra. Nelda de Pinzón que me curó las heridas con un remedio casero, y así pude reincorporarme al grupo en Divisa”. 

La idea original del reto era intentar completar la distancia en un plazo de 48 horas, por lo que el grupo buscaba perder el menor tiempo en las paradas para alimentarse y demás necesidades: “en total creo que pudimos dormir entre los dos días unas tres horas. Cuando llevas tanto tiempo haciendo ejercicio físico, llega un momento en que el cansancio y el sueño te atacan, y debes engañar a tu mente y seguir adelante”.

Ya faltando escasos 20 kilómetros para su destino en La Villa, a la altura del poblado de Parita, se empezó a formar una caravana de autos y de personas dando apoyo en la etapa final: “fue muy bonito y entrañable. A pesar de ser ya casi las 10 de la noche, muchas personas del área salieron a nuestro encuentro. Hacían sonar sus claxon, nos daban gritos de ánimo, y hasta lanzaron fuegos artificiales” comenta emocionado Cano.

Finalmente, y tras 54 horas transcurridas desde que partieron de la ciudad capital, el grupo llegó a su objetivo: “según nuestros relojes gps completamos un total de 270 kilómetros”. A pesar de la exigencia y dureza del reto, Cano se mostró muy satisfecho: “Lo volvería a hacer sin dudarlo un segundo. Me han llamado a veces loco, pero eso me pone feliz, ya que esas locuras han sido para aportar a gente que lo necesita. Ojalá sigan saliendo más locos dispuestos a ponerse metas inalcanzables, y que su esfuerzo sirva para ayudar a otras personas«.