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Los médicos lo repiten una y otra vez: el secreto para la buena salud está en vigilar la alimentación y en ser activo.  En diciembre, muchos descuidamos un tanto estos aspectos. Celebramos con exceso de comidas y, entre reuniones y fiestitas, saltamos el gimnasio o dejamos de lado las caminatas en el parque. Curiosamente, vale la pena recordar que las costumbres de buena alimentación y de ejercitarse vienen de épocas tan remotas como las que recordamos en este mes. 

 

 Por: Itzel Juárez         

Datitos de la pirámide

¿La pirámide? Sí, pero la alimentaria. Repasémosla un poco antes de continuar con la alimentación en la antigüedad. Esta recomienda, en términos generales, que para una dieta balanceada se consuman:

  • 6 a 11 porciones diarias de granos, cereales, pastas o panes
  • 3 a 5 porciones de vegetales
  • 2 a 4 porciones de fruta
  • 2 a 3 porciones de leche y sus derivados
  • 3 a 5 porciones de carnes pescados, leguminosas, huevos o nueces.

Además, recomienda que se limite el consumo de dulces y grasas, y que se practiquen actividades físicas diariamente, de 30 a 60 minutos.  (Información más detallada en www.mypyramid.gov/sp-index.html)

 

Esas recomendaciones varían según la edad y el peso de la persona, entre otros factores. Sin embargo, aunque se modifiquen las cantidades, se mantiene que el consumo de granos, pastas, cereales o panes, con énfasis en los integrales, sea la base de la alimentación cotidiana.

 

Si se investiga, aunque sea superficialmente, los hábitos alimenticios de quienes vivieron en los tiempos bíblicos, se verá que la base de su alimentación consistía en estos productos, preparados de forma muy sencilla y natural, sin grasas añadidas y con especias.

 

La comida de antes

¿Qué alimentos comían, por ejemplo, los judíos antiguos?

Según www.seminarioabierto.com, el alimento principal eran los panes de trigo o cebada, sin levadura. Le siguen las aceitunas, el aceite de oliva, los quesos magros (tipo requesón), las frutas y las verduras. Se menciona también, que los discípulos de Jesús, por ejemplo, consumían granos crudos en los campos, ricos en fibra, aunque también se estilaba comerlos tostados. La carne se consumía en raras ocasiones o en festividades especiales y solo de ciertos animales. El pescado también era parte importante de su dieta.

 

Cebolla, ajo, puerro y pepinos, ya sea crudos o encurtidos, eran las verduras por excelencia. Entre las leguminosas, las habas y las lentejas, se llevaban el primer lugar en las mesas. Nueces y frutas como el higo y las uvas eran altamente apreciadas y consumidas, ya sea secas, en jugos, vinos o en pasteles a los que no se les añadía azúcar. Todo se endulzaba con miel. Tomar leche con miel era un hábito arraigado que a la tierra prometida se le llamo “tierra de la que fluye leche y miel”.

 

Todos los alimentos que hemos listado son mencionados en reiteradamente en libros de la Biblia, afirmando que prevalecían en la dieta de aquellos tiempos.

 

Múltiples beneficios

Si lo analizamos, estos alimentos son los mismos que recomienda la pirámide alimentaria, con los granos, panes y cereales como base de alimentación. En un artículo publicado este año por la nutricionista panameña Ivis Armién, se afirma que gracias a los carbohidratos “los nutrientes que se obtienen de las frutas, proteínas, vegetales, etc. son aprovechados de manera correcta por el organismo. (Los carbohidratos) son los encargados de proporcionar la energía que las células necesitan para el funcionamiento del cuerpo”. Eso sí la nutricionista recalca que se prefieran los carbohidratos complejos, como frijoles, lentejas, arroz, trigo, avena, pan y pasta integral, antes que los simples, repletos de azúcares y sin fibra suficiente. Comparemos esto con la alimentación en los tiempos bíblicos y veremos la similitud.

 

Algo que también se consumía muchísimo en aquel tiempo eran las lentejas, uno de los carbohidratos complejos recomendados. Las comían en guisos y en sopas. Y esta leguminosa, de acuerdo con expertos, es un alimento de gran valor nutricional, rica en hidratos de carbono. Si se le combina con cereales como el arroz, sus proteínas incompletas se transforman en unas de alto valor biológico, comparables a las de origen animal, claro, sin el aporte de lípidos.

 

El famoso aceite de oliva, uno de los reyes de la dieta mediterránea, era otro de los favoritos. Este aceite es rico en vitaminas, evita la acidez, mejora en tránsito intestinal, ayuda al control de la presión arterial y nivela la glucosa en sangre, entre otros beneficios. El otro rey es el vino. Estudios actuales indican que, de consumirse moderadamente, el vino nos favorece con sus propiedades antioxidantes y anti cancerígenas.  Entre los beneficios más popularizados del vino se asegura que mejora el sistema circulatorio, disminuye el colesterol “malo” (LDL) e incrementa el “bueno” (HDL) y hasta podría reducir la incidencia de diabetes mellitus tipo 2.

 

El pescado, con sus beneficiosos ácidos grasos Omega 3 y las nueces, también se incluían en aquellas dietas. Y si cree que aquellas comidas carecían de sabor, está equivocado. Hierbas y especias como el eneldo, comino, cilantro, menta, azafrán, canela, mostaza, ruda, albahaca se usaban como condimento, aportando sabor y más beneficios para la salud.

 

Un paso más

A finales de diciembre es popular hacer las promesas de fin de año y una promesa habitual es mejorar los hábitos alimenticios y comenzar a ejercitarse. Ese es el otro punto que recalca la pirámide alimentaria y que es común con las prácticas de los tiempos bíblicos.  La actividad física, entre 30 y 60 minutos al día es lo ideal y uno de los ejercicios más recomendados para todos es el caminar. ¿Y qué se hacía en los tiempos bíblicos? ¡Caminar!

 

Aunque quizá para la gente de esas época caminar era una forma de transporte, en la actualidad no nos vine mal retomar la práctica. La vida moderna ha limitado nuestros movimientos y de allí provienen muchos de los problemas de obesidad. Caminar, al estilo de antes, es un ejercicio barato, fácil y relajante, ayuda a fortalecer el corazón, disminuye el peso y previene enfermedades. Parece que los abuelos tienen razón, lo de antes era mejor y en este caso, las costumbres de hace milenios siguen siendo la mejor forma de vivir bien.